Viendo sin ver

En cierta ocasión, una agencia de casting abrió un proceso de selección para buscar algunos talentos que necesitaban para una película. En la fecha señalada comenzaron a llegar las personas hasta agotar todos los cupos disponibles para la jornada de ese día.

La asistente del productor estaba sentada exhausta en su escritorio al final de la tarde esperando que terminaran de hacer las pruebas de talento a las pocas personas que quedaban en la sala. Inesperadamente se acerca un hombre mayor al escritorio de la chica y le dice que ha venido a hacer el casting, amablemente le responde que ya no es posible, han asistido más personas de las que esperaban y que regrese en otra oportunidad. El caballero estaba a punto de irse resignado cuando un joven deja su asiento y le dice a la asistente que no puede continuar esperando, que muchas gracias pero se va. Una nueva oportunidad se abrió para el recién llegado que tomó el puesto del joven y esperó pacientemente su turno.

Uno a uno pasó cada aspirante a actor hasta que le tocó el turno al hombre que había llegado retrasado. Entró calmado al estudio, realizó sus pruebas y salió con la misma parsimonia que lo caracterizaba. La chica asistente acompañó al caballero hasta la salida y allí ocurrió lo sorprendente.

Este hombre caminaba por delante de la chica cuando de pronto se detiene y volteándose se excusa por su manera extraña de caminar y le deja saber que es porque sufre de ceguera total en un ojo y sólo tiene un tercio de visión en el otro. La chica piensa para sí que este señor es casi ciego y ella ni siquiera lo notó. Al dejarle saber su asombro, el caballero con un tono lleno de experiencia le dice que un ciego que no se ha resignado hará todo lo posible porque nadie note su discapacidad. La gran mayoría de quienes sufren de ceguera viven de la lástima que causan en otros y usan esos sentimientos para conseguir sus objetivos. El dejó claro que no quería la lástima de nadie para vivir y que antes prefería adquirir habilidades para que ninguno notara su invidencia.

Al terminar de hablar, el caballero sacó de su chaqueta un delgado bastón desplegable que usó para sortear un pequeño escalón que lo separaba del borde de la calle, hizo un ademán de cortés despedida y se marchó.

Esta chica no cabía en su asombro. Estuvo en la misma sala que este señor, habló con él en diferentes oportunidades, él caminó solo hasta el estudio, hizo su prueba y casi desaparece sin que nadie notara jamás que apenas veía sombras y por un solo ojo.

Abrumada por sus pensamientos escuchó los tacones de una joven que también salía con paso veloz y se dispuso a acompañarla hasta la puerta. La joven dijo un montón de palabras por minuto, le estampó un beso en la mejilla y al cruzar el umbral de la puerta enredó su tacón con el escalón que la separaba del borde de la calle e hizo el ridículo de manera irremediable.

El caballero del bastón desplegable dijo unas palabras que no se borraron de la memoria de la asistente, “Mis últimos 10 años, que es cuando comenzó a fallarme la vista, han sido los mejores de mi vida. Mi visión de la vida ha cambiado”.

Germán Alberto Abreu.-

*Basado en una historia de la vida real.

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