El Pasaje Porthos

Al asomarse al callejón no podía ver el final a causa de la oscuridad. Solo tenía la referencia de que esa era la ruta, pero sus ojos eran las puertas con acceso directo a sus temores. Algo le podía pasar si intentaba cruzar por allí. Mientras pensaba todo aquello, le preocupaba que los demás transeúntes lo vieran dubitativo en esa boca calle. Se sentía como si fuera un sospechoso, sospechoso de cualquier cosa.

Nada que el hombre llegaba. ¿Acaso tendría que esperar toda la noche para recibir su cartera extraviada en el tren? Hubiera sido mejor que hubiesen acordado encontrarse en un lugar público y más popular. ¿En qué estaba pensando cuando lo citó a su casa? Bueno, no era exactamente su casa, sino la planta baja del pequeño edificio. De cualquier manera sería fácil de ubicar nuevamente en el futuro. La temperatura está descendiendo y el teléfono no suena. Espera su llamada para bajar a recibirle.

No podía creer que alguien viviera en paz en un lugar con ese aspecto. Ya había perdido tanto tiempo pensando tonterías que era suficiente para haber entregado esa cartera y estar de regreso. Sacó el teléfono del bolsillo interno del saco, buscó el número de la desconocida y le llamó. Acomodó la bolsa blanca de plástico bajo su hombro derecho y emprendió la memorable travesía por el Pasaje Porthos hasta el destino desconocido. La baja temperatura hacía que todo se viera como nublado, apenas se podían leer los letreros cuando se estaba a pocos pasos de él. Una silueta delgada con cabello a los hombros y brazos cruzados estaba arrecostada a la pared de piedra. ¿Será ella?

El corazón le latía por el miedo a sufrir algún daño a manos de un desconocido pero también por la expectativa. Después de todo, podía conocerle muy bien. ¿Habrá aguantado la tentación de registrar toda la cartera? Sus documentos personales, el maquillaje, la libreta de notas, las decenas de papelitos sueltos e inconexos con números de teléfono, nombres de medicamentos, nombres de clientes, las pastillas. Con una porción básica de curiosidad y astucia podía decifrar los elemenos más básicos de su vida. Parece que alguien se acerca. A juzgar por la velocidad al caminar no viene decidido a hacer algo malo. Bien, que sea lo que Dios quiera.

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La corbata torcida

Adalberto llegó esa mañana a su oficina como cada día. La ruta es sencilla, pero larga. Toma el bus a dos cuadras de su casa y como en 20 minutos llega al lugar donde le toca bajarse, camina otras dos cuadras y llega al edificio donde está su trabajo. Saluda a los vigilantes apostados en la Planta Baja, sube dos pisos y entra a la empresa. Continue reading “La corbata torcida”