No me hables

No me hables de lo que hiciste,
Háblame de lo que harás.
No me hables sobre quién fuiste,
Háblame sobre quién serás.
No me hables de los que te abandonaron,
Dime a quienes acompañarás.
No me digas cuánto tenías,
Dime cuánto ganarás.
No me hables de los que te hirieron,
Háblame de los que sanarás.
No me hables de los que te ofendieron,
Háblame de los que perdonarás.
No me digas cuáles puertas te cerraron,
Háblame de las que se abrirán.
No me digas lo que te dijeron,
Háblame de tu creatividad.

Sobran las palabras

rosaLas palabras sobran cuando hay algo de mayor fuerza que las sustituye, y eso no ocurre todo el tiempo.

Una mirada, una melodía, un aroma, un roce, un beso. Todos ellos pueden ser más impetuosos que una larga explicación, que una declaración. Pero, habría que ver qué ocurre si acompañamos una acción de esas con unas palabras. Hay quienes dicen que no digas “Te amo” sino que lo demuestres, pero qué bien suena un “Te amo” en el momento justo: antes de cerrar la puerta, gesticulado a la distancia separados por una ventana, al levantar el teléfono, apenas susurrado al ser vencido por el sueño, cuando la camilla se aleja por el pasillo del hospital.

No hay manera de sustituir un “perdóname”. No se me ocurre cuál gesto puede ocupar su lugar.   Seguir leyendo “Sobran las palabras”

Soberanía

Paseo Los Próceres. Caracas, Venezuela.
Paseo Los Próceres. Caracas, Venezuela.

Ahora todo es un problema de soberanía. Al menos en América Latina. Si se habla de crisis alimentaria, de fronteras, de independencia tecnológica, de elaboración de documentos de identificación, de la explotación de los recursos naturales, de lo que sea, siempre se dan un paseo por la soberanía.

El problema es cuando se compara todo aquello con una “soberana hambre”, o con la “soberana de la casa”, o la “soberana calentera” que fulanito agarró en una discusión. La soberanía tiene que ver con dominio, poder y capacidad de maniobra. La soberanía tiene límites y defensores de esos límites. Soberanía tiene que ver con independencia, con fechas y héroes, con vencedores y vencidos, con correteadores y correteados.  Seguir leyendo “Soberanía”

Claridad

Atardecer en Puerto Ordaz, Bolívar, Venezuela.
Atardecer en Puerto Ordaz, Bolívar, Venezuela.

Claridad es lo que veo en tus ojos
la que alumbra mis senderos
Claridad la que me quita la fiebre
y me guarda del desvelo.

Claridad es recordar tus impericias
con los vaivenes de tus semblantes
Claridad es tenerte envidia
y vivir en tus recuerdos flotantes.

Claridad es recibirte antes de que te anuncien
es tanto como oírte cuando callas
Claridad creyendo aunque te denuncien
nadie sabe lo correcto si tu fallas.

Claridad es oler tus despedidas
es predecir tus malacrianzas
Claridad es recibir tu bienvenidas
y conformarme a tus andanzas.

 

Te necesito para ser infeliz

El humor se desapareció con el amor, ningún lugar parece acoger aquello que nos pertenecía a ambos, intangible, invisible, intocable. El tiempo se ha declarado incapaz de encontrarte, mucho menos de retenerte. Inclusive cuando las heridas fueron profundas, jamás funcionó estar sin ti. Minutos eternos contigo a mi lado, clamando por espacio, sin lugar para estirar los brazos y la mente, pero tú conmigo allí. Que nada te mueva.

Las incongruencias de nuestra convivencia se parecen a las de nuestro amor, acaso costumbre. Idas y venidas, renuncias y despedidas precedidas de promesas de amor eterno. Siempre están los pesimistas que lo llaman masoquismo, pero yo siempre lo he llamado necesidad. Qué otro nombre puede tener la asfixia de tu ausencia y la hiperventilación de tu presencia. El mismo sol que a algunos entibia a otros fatiga, el mar que a algunos alimenta a otros devora. Tu me absorbes y me exhalas, me elevas y entierras. La felicidad contigo es parte de un marco teórico pero en tu ausencia es un completo imposible. Para buscar la felicidad sin ti, prefiero perderla contigo.

El Pasaje Porthos

Al asomarse al callejón no podía ver el final a causa de la oscuridad. Solo tenía la referencia de que esa era la ruta, pero sus ojos eran las puertas con acceso directo a sus temores. Algo le podía pasar si intentaba cruzar por allí. Mientras pensaba todo aquello, le preocupaba que los demás transeúntes lo vieran dubitativo en esa boca calle. Se sentía como si fuera un sospechoso, sospechoso de cualquier cosa.

Nada que el hombre llegaba. ¿Acaso tendría que esperar toda la noche para recibir su cartera extraviada en el tren? Hubiera sido mejor que hubiesen acordado encontrarse en un lugar público y más popular. ¿En qué estaba pensando cuando lo citó a su casa? Bueno, no era exactamente su casa, sino la planta baja del pequeño edificio. De cualquier manera sería fácil de ubicar nuevamente en el futuro. La temperatura está descendiendo y el teléfono no suena. Espera su llamada para bajar a recibirle.

No podía creer que alguien viviera en paz en un lugar con ese aspecto. Ya había perdido tanto tiempo pensando tonterías que era suficiente para haber entregado esa cartera y estar de regreso. Sacó el teléfono del bolsillo interno del saco, buscó el número de la desconocida y le llamó. Acomodó la bolsa blanca de plástico bajo su hombro derecho y emprendió la memorable travesía por el Pasaje Porthos hasta el destino desconocido. La baja temperatura hacía que todo se viera como nublado, apenas se podían leer los letreros cuando se estaba a pocos pasos de él. Una silueta delgada con cabello a los hombros y brazos cruzados estaba arrecostada a la pared de piedra. ¿Será ella?

El corazón le latía por el miedo a sufrir algún daño a manos de un desconocido pero también por la expectativa. Después de todo, podía conocerle muy bien. ¿Habrá aguantado la tentación de registrar toda la cartera? Sus documentos personales, el maquillaje, la libreta de notas, las decenas de papelitos sueltos e inconexos con números de teléfono, nombres de medicamentos, nombres de clientes, las pastillas. Con una porción básica de curiosidad y astucia podía decifrar los elemenos más básicos de su vida. Parece que alguien se acerca. A juzgar por la velocidad al caminar no viene decidido a hacer algo malo. Bien, que sea lo que Dios quiera.

El desierto de los buenos deseos

Imagen cortesía de es.123rf.com
Imagen cortesía de es.123rf.com

Cada viernes en la noche, Lucía hacía el juramento solemne de que al amanecer arreglaría el jardín tal como su madre le había enseñado. Al poner su cabeza en la almohada se reprochaba que hubiera pasado una semana entera sin siquiera poder regar los helechos, ¿En qué se me fue toda la semana? Cuando buscaba en lo profundo de sus pensamientos se daba cuenta de que estaba agotada de luchar contra ella misma.

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