Sobran las palabras

rosaLas palabras sobran cuando hay algo de mayor fuerza que las sustituye, y eso no ocurre todo el tiempo.

Una mirada, una melodía, un aroma, un roce, un beso. Todos ellos pueden ser más impetuosos que una larga explicación, que una declaración. Pero, habría que ver qué ocurre si acompañamos una acción de esas con unas palabras. Hay quienes dicen que no digas “Te amo” sino que lo demuestres, pero qué bien suena un “Te amo” en el momento justo: antes de cerrar la puerta, gesticulado a la distancia separados por una ventana, al levantar el teléfono, apenas susurrado al ser vencido por el sueño, cuando la camilla se aleja por el pasillo del hospital.

No hay manera de sustituir un “perdóname”. No se me ocurre cuál gesto puede ocupar su lugar.  

Caminando por la acera húmeda ya entrada la noche sabe que al llegar a casa las cosas no van a estar bien. Todo se va entenebreciendo a medida que va llegando, pareciera que a los postes se les está acabando la luz. Un perro ladra a la distancia, un auto pasa rosando su cuerpo errante, el frío se cuela entre los dedos y ya está. Ha llegado a la puerta de entrada. Un abismo separa su humanidad de la puerta principal, apenas son como diez centímetros, pero en la práctica es un abismo. Ambos se dijeron cosas fuertes en la mañana, ninguno pudo contener la explosión de soeces que salieron por las bocas. El día fue, emocionalmente, un bloque. Ha llegado la hora de compartir la cena, el baño y la cama, pero no logra siquiera  introducir la llave en la cerradura de la puerta principal. ¿Con cuáles palabras va a sortear aquel agujero negro que lo divorcia de lo que estaba tan bien al amanecer? No hay gesto que valga. Poner ojos de perro arrepentido no va a funcionar, mover las manos como un sordomudo no dirá nada, incluso puede ser peor. La palabra es “perdóname”. Esa palabra nunca sobra.

“Estás muy bella”. ¿Con cuál gesto sustituyes esa frase? Pero que se vea elegante, caballeroso, respetuoso, comedido, justo, sincero.
Descuidado mientras oía la conversación de los que estaban detrás de él, repentinamente, se abrió el ascensor. Al ver hacia adentro fue sorprendido por su esbeltez. Ninguno esperaba al otro. Ella creía que estaría aguardándola en el auto, él creía que estaba arriba en la oficina, pero no, allí estaban ambos. Ella da unos pasos hacia afuera. Él es empujado por la gente que quiere entrar. Ambos van tan lento que se sonrojan por su torpeza. El torbellino de las circunstancias pasa, el ascensor se vuelve a cerrar, y adentro se va todo el ruido, toda la gente y toda la cordura. Él, mirando sus labios apenas coloreados, y con el corazón entre las amígdalas dice: Estás muy bella.

No sobran las palabras.

Germán Alberto Abreu.-

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