El desierto de los buenos deseos

Imagen cortesía de es.123rf.com
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Cada viernes en la noche, Lucía hacía el juramento solemne de que al amanecer arreglaría el jardín tal como su madre le había enseñado. Al poner su cabeza en la almohada se reprochaba que hubiera pasado una semana entera sin siquiera poder regar los helechos, ¿En qué se me fue toda la semana? Cuando buscaba en lo profundo de sus pensamientos se daba cuenta de que estaba agotada de luchar contra ella misma.

Cuando te pones metas personales y privadas y no las cumples la conciencia te reprocha como si fuera un jefe gruñón, tanto así que a veces prefieres al jefe porque le puedes dar la espalda, renunciar o hacerte el loco, pero ¿A la conciencia? No hay manera de darle la espalda a la conciencia. Allí está, perturbadora, apuntándote con el dedo y haciéndote arrodillar sobre dos chapas mirando hacia la pared.

Al ver el estado de las calas sentía culpa. Y no era precisamente por el sufrimiento de aquellas plantas orgullosas, era por la promesa hecha a su madre durante su convalecencia. Después de todo no esperaba que fuera difícil regir de tanto en tanto un pequeño jardín tropical.

De nuevo era sábado en la mañana, embojotada entre las sábanas hasta el cuello, apenas unos rayos de luz colándose entre las persianas y el reloj mirándola de frente. Realmente no había compromiso, ni siquiera un pacto, lo que había era un deseo.

Lucía era muy exitosa en otras áreas de su vida, de hecho era bastante competitiva, influyente y proactiva, pero no podemos esperar que le imprima la misma pasión a todo. ¿Quién le dice a la conciencia a qué promesas aferrarse y a cuáles no?

Un sábado, cuando el sol ya había cumplido media jornada laboral, Lucía salió de su habitación sin mayores pretensiones, y al mirar al jardín vio el final que nunca creyó posible. Las calas habían perdido su brillo, lánguidos helechos colgaban ahogados en sus propias tristezas, el malojillo, el perejil y el orégano orejón que eran vecinos del mismo porrón sólo eran manojos de paja seca que testificaban del abandono al que fueron sometidos. Lucía estaba estupefacta.

Se preguntaba cómo ocurrió todo de la noche a la mañana, pero ella sabía que no había sido así. Incluso temía calcular el tiempo transcurrido desde la muerte de su madre. Todo tenía una explicación: la naturaleza no había esperado por ella. Aquel prominente jardín se convirtió en el desierto de los buenos deseos.

Germán Alberto Abreu.-

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