La moral con calambre

Imagen cortesía de http://www.runscore.net/
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En alguna alocución hace varios años, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, dijo que no estábamos ante una época de cambios sino ante un cambio de época. Aquella frase troqueló una serie de pensamientos que flotaban en mi cabeza sobre los tiempos que vivimos. Yo quiero creer que cada generación siente que su ubicación en la historia es singular y privilegiada pero veámoslo objetivamente, el siglo XX y este principio de siglo XXI han sido arrolladores. Hasta nuestros antecesores han notado cómo los acontecimientos se precipitan, ya no da tiempo de formarse una opinión sesuda sobre algo cuando otra cosa más escandalosa ha tomado lugar. Deseo utópicamente que este sprint en el curso de la humanidad termine pronto.

Las aceleraciones implican un sacrificio. Un atleta sabe que tiene que medir muy bien cuándo va a acelerar porque el desgaste de su cuerpo va a ser directamente proporcional al nuevo ritmo. Sus reservas de combustible se van a consumir y si no llega pronto a la meta migrará de la gloria a la pena  en pocos segundos.

La humanidad ha puesto el pie en el acelerador y hay un músculo fundamental para su supervivencia que está sintiendo el rigor de la nueva velocidad: la moral. Es aquí donde todos levantan la ceja, la pupila se dilata, el cuerpo se estruja y los pensamientos se abarrotan en la puerta de los juicios. Es aquí donde todos tenemos algo que decir, todos somos usuarios de la moral, todos le hemos dado tamaño y peso específico y nos da comezón que otro venga a medir la nuestra. Pero una verdad innegable es que la moral está en un cambio de época, una época donde el mundo ha acelerado sus giros.

En lo que a mí respecta, los valores morales que me mantienen vivo están contenidos en la Biblia. Para mí, ellos son suficientes, absolutos, oportunos y coherentes. También sé muy bien que no es así para todos, pero aunque los valores no son los mismos para cada quien, las consecuencias sí son compartidas. Voy con un par de ejemplos. Un chico alcohólico en una discoteca está dañando su cuerpo y su mente, pero al conducir su auto es, potencialmente, un arma de destrucción masiva cuyos efectos serían incalculables. Un empleado público que hace trampas y falsifica documentos para desviar recursos del gobierno a sus cuentas bancarias personales está produciendo un daño colectivo; de modo que concluyo a fuerza de estos y muchos otros casos de la vida real que las consecuencias por la creciente inmoralidad individual son colectivas.

El mundo es como un cuerpo humano, y ha acelerado para llegar a una meta que han llamado “libertades”, pero la moral está acalambrada. En nombre de las libertades y la igualdad los valores de la sociedad que hemos conocido –y que nos ha mantenido vivos por, al menos, seis milenios- sucumben ante un postmodernismo cortoplacista, hedonista y suicida. Aborto, uso de drogas, homosexualismo, uso de células madre, adopción y otros temas altamente inflamables tienen a nuestra generación debatiendo su futuro mismo, su perpetuidad como raza, su supervivencia.

Cuando un atleta siente un calambre tiene que bajar el ritmo, comenzar a “administrar” esa advertencia física hasta que logra superarla, sin necesidad de abandonar la prueba. Si decide mantener la misma velocidad, porque ve la meta cerca, porque no quiere ser rebasado por un oponente, o porque sus memorias del entrenamiento previo lo han llenado de valentía, corre el altísimo riesgo de caer irrecuperablemente y tener que ser auxiliado por un equipo de paramédicos que no escribirán su nombre en la lista de vencedores, sino en el reporte de vencidos.

Germán Alberto Abreu.-

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