Eso que llamamos “tevé”

Imagen cortesía de http://www.revistaenie.clarin.com

POR MARCELO PISARRO

La primera traducción al castellano de “Televisión. Tecnología y forma cultural” rescata la validez de preguntas formuladas por Raymond Williams en 1974 sobre el impacto del cambio tecnológico y permite rediscutir las nociones de socialización y función social.

La televisión no agota todas las tecnologías. Pero todas las lecturas acerca de la tecnología pueden agotarse en la televisión, y, al agotarse, dejan el terreno desbrozado para entablar mejores hipótesis, para entrelazar mejores conclusiones; en última instancia, para ensayar decisiones más sensatas a propósito del futuro de todas las tecnologías. Eso pensaba el académico, escritor y crítico marxista Raymond Williams en la primera mitad de la década de 1970. Acaso lo pensaba también antes, acaso lo pensaría hasta su muerte en 1988. El libro que plasma esa perspectiva, sin embargo, es de 1974. Se titula Televisión. Tecnología y forma cultural y acaba de conocerse la primera traducción en español.

Es legítimo preguntarse qué aportes significativos al estudio de la televisión del siglo XXI –más allá de su valor anecdótico, más allá de ser autoría de uno de los más perspicaces intelectuales de la centuria pasada– puede proponer un trabajo de 1974. La respuesta es que unos cuantos. Williams fue un analista astuto; sabía plantearse los interrogantes correctos y sacudirlos hasta que los interrogantes incorrectos se caían por baladíes. Las preguntas que dejó regadas siguen vigentes, aunque el paso de las décadas le adhieran cierto reproche filial: las malas preguntas, que ya eran rancias en 1974, siguen sosteniendo buena parte de las discusiones teóricas contemporáneas acerca del vínculo entre sociedad y tecnología.

Se dice que la televisión alteró el mundo en el que vivimos. “Se dice” es tramposo. Porque Williams se anotició de eso que se decía en 1974, y ahora, al editarse su libro en español, al ser asumido como novedad en las mesas de las librerías, se lo sigue diciendo. Los textos a veces tienen magia. Mueven el presente en la línea del tiempo. Lo traen del pasado, lo empujan al futuro. Y así, cuando el lector repasa las preguntas que las personas se planteaban a principios de los 70 sobre la televisión, comprende que son las mismas preguntas que posteriormente se hicieron sobre la videocasetera, el walkman, Internet, los blogs, Facebook y el teléfono celular. Entonces Williams no escribió sobre la televisión durante 1974; Williams escribe sobre la tecnología, ahora, aunque lleve más de dos décadas de muerto.

¿Qué más se dice? Que la tecnología generó un nuevo mundo, una nueva sociedad, una nueva fase de la historia. Se lo dice (se lo dijo, también, pero en este relato todo se trastoca en presente) sobre el motor a vapor, el ferrocarril, el automóvil, la bomba de neutrones, la radio, el telégrafo, el libro digital. “La mayoría de nosotros sabe la implicancia de esas expresiones –comprende Williams–. Pero probablemente allí estribe la dificultad mayor: estamos tan acostumbrados a hacer esas declaraciones de índole tan general en nuestras conversaciones cotidianas que a veces se nos escapan sus significaciones específicas”.

Estas declaraciones de índole general –a pesar de sus variaciones de interpretación y de énfasis– suelen balancearse entre el determinismo tecnológico y la tecnologización sintomática. En el primer caso, las tecnologías surgen en un campo autónomo de investigación y desarrollo, luego se lanzan al mundo y fijan sus patrones de cambio y progreso; son estas tecnologías las que mueven la historia y la sociedad. En el segundo caso, las causales del cambio social no recaen especialmente sobre la tecnología; una tecnología o un conjunto de tecnologías son más bien síntomas de un cambio de otro tipo, el subproducto de un proceso social determinado por circunstancias diferentes: la tecnología se suma a un proceso social que está sucediendo o que está a punto de suceder.

El campo tecnológico está dominado en buena proporción por este debate. Aunque ambas posturas presentan argumentos sólidos, la discusión se vuelve estéril al quedar la tecnología conceptualmente distanciada de la sociedad. Según el determinismo tecnológico, la investigación y el desarrollo se generan a sí mismos; se inventan en esferas independientes y luego crean nuevas sociedades. Según la tecnologización sintomática, la investigación y el desarrollo también se crean a sí mismos, aunque de modo más marginal; luego, eso que vive en los márgenes se adopta en los centros. La tecnología queda aislada en ambos casos: o bien actúa por sí misma y crea nuevos estilos de vida; o bien actúa por sí misma y suministra material para que surjan nuevos estilos de vida.

La TV le ofrece a Williams la posibilidad de revisar estas dos posiciones que inscriben la reflexión sobre la tecnología. Le permite generar una interpretación más radical. Escribe: “Tal interpretación diferiría del determinismo tecnológico en que le devolvería la intención al proceso de investigación y desarrollo. Concebiríamos entonces la tecnología como algo buscado y desarrollado con determinados propósitos y prácticas en mente. A la vez, tal interpretación diferiría de la visión de la tecnología sintomática en que concebiría esos propósitos y prácticas como directos: como necesidades sociales conocidas, propósitos y prácticas para los cuales la tecnología no es marginal sino central”. Por un lado, la TV podría entenderse no como resultado inevitable sino como producto de decisiones específicas; por el otro, se superaría la idea de que una vez que se explicita una necesidad social, aparece una tecnología capaz de satisfacerla. La historia del desarrollo de la televisión y la transformación de la sociedad se mostraría entonces infinitamente más compleja.

Los efectos de la TV

Puede resultar bastante difícil imaginarse lo marginal que era la televisión en sus inicios. De veras lo era. Al igual que la radio, se desarrolló como soporte de transmisión y recepción de información mucho antes de que hubiera información que transmitir o recibir. La oferta de dispositivos de recepción precedió a la demanda. El proceso abstracto de envío y recibimiento de contenidos precedió a los contenidos mismos.

Se dice (de nuevo, se decía y se sigue diciendo) que la televisión surge de la combinación y del desarrollo de formas anteriores: el periódico, el cine, el teatro, la reunión pública, una clase escolar, el estadio deportivo, las columnas de opinión y las carteleras de anuncios publicitarios. “Sin embargo –hace notar Williams–, está claro que no se trata únicamente de una cuestión de combinación y desarrollo. La adaptación de las formas heredadas a la nueva tecnología condujo en muchos casos a cambios significativos y a algunas diferencias cualitativas reales”.

A la resignificación de artefactos culturales previos, como las noticias, los debates, la clase educativa, la ficción dramática, la publicidad o el deporte, se suma también una serie de innovaciones que tienen a la televisión como precursora. Las invenciones absolutas no existen; no obstante, algunos de estos elementos discursivos televisivos se vislumbran cualitativamente diferentes al universo cultural precedente. Por ejemplo, el documental dramático, las entrevistas informales, la secuencia breve o los “programas especiales” (mezcla de ensayo, documental y diario, los define Williams). Y por sobre todo, la televisión misma: “Una experiencia de movilidad visual, de contraste de ángulos, de variaciones del foco, que a menudo es muy bella”. Curiosamente, agrega Williams (y ahora sí parece haber vuelto a 1974, la imagen fantasmal recibida a través de dos agujas de tejer clavadas en una papa), los únicos que han coincidido con él en este punto son pintores. Y en cualquier caso, ése puede ser un efecto, entre tantos, de la televisión.

Estos efectos se discuten desde que el dispositivo afianzó su espacio de desempeño social. La discusión suele resolverse en la identificación de causas y de consecuencias de la influencia de la televisión en los cambios sociales y culturales. ¿O acaso expresiones como “tinellización de la sociedad”, en boca de voces doctas, no parecen apurar todas las explicaciones? Williams había entendido, mucho antes de 1974, que el análisis cultural no podía seguir los métodos más bien restringidos de los estudios de comunicación. A la pregunta fundacional de Harold Lasswell (¿quién dice qué, cómo, a quién y con qué efecto?) le faltaba la intención, y en la intención se revelaba el proceso social y cultural empírico.

Excluyendo la intención, el proceso se normaliza, pierde especificidad. Expresiones como “socialización” o “función social” no permiten reconocer las intenciones de los sujetos; mucho menos, estudiar su comportamiento. “Decir que la televisión es hoy un factor de socialización o que sus controladores y comunicadores están ejerciendo una función social particular es decir muy poco si no se especifican con precisión las formas de la sociedad que determinan cualquier socialización particular y que asignan las funciones de control y comunicación. Lo que se ha hecho es excluir o soslayar los conceptos centrales de la ciencia cultural: la comprensión, el juicio de valor, la implicación del investigador”. Esta es la marca de Williams. Se la puede inscribir en el materialismo cultural, la nueva izquierda, los estudios culturales, la teoría crítica o cualquier corriente de la que Williams haya sido en mayor o menor medida impulsor, instigador o antecesor. La marca es reconocible.

El énfasis puesto en las intenciones es un énfasis puesto en la práctica. Si el efecto de la televisión es el mismo, independientemente de quién la controle y de quién la use, independientemente del contenido que se pretenda insertar, entonces ninguna discusión política y cultural acerca de la tecnología tiene sentido: que la tecnología se dirija a sí misma y ya. El determinismo tecnológico y la tecnologización sintomática deben rechazarse, ante todo porque las presiones que ejercen no son absolutas. De eso se trata la cultura, como Williams escribirá en Marxismo y literatura, su libro de 1977: “Un complejo efectivo de experiencias, relaciones y actividades que tiene límites y presiones específicas y cambiantes”. La TV, como toda tecnología, fija límites y restricciones. Eso afecta las prácticas sociales, pero no las controla necesariamente. Se puede negociar, resistir, impugnar, irse por las tangentes. La historia de la TV es también la historia de esos procesos de lucha y resistencia.

La televisión no agota todas las tecnologías. Pero todas las lecturas acerca de la tecnología pueden agotarse en la televisión, y Raymond Williams, en 1974, se encargó de desbrozar el terreno.

Publicado originalmente en Revista Ñ

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