Mi burka invisible

El avión estaba completamente lleno, algunos sentados y otros de pie acomodando el equipaje en los compartimientos que están sobre las cabezas y además, un calor agobiante. Mi asiento era el del medio en una fila de tres y estaba deseando que no tocara nadie al lado de la ventanilla para poder cambiarme, pero era una probabilidad remota debido a la cantidad de gente que estaba abordando.

Con la esperanza disminuida miraba hacia la cabina, donde las aeromozas dan la fría bienvenida, tratando de que los rostros de los pasajeros me revelaran su número de asiento. Entre la fila de personas aparece un caballero con una bata blanca hasta los tobillos, era una pieza completa y de mangas largas, un turbante perfectamente enrollado en su cabeza, un niño de su mano y detrás de él, tres mujeres vestidas igual pero de negro y con burka completa. Con un delicado fade out todo el ambiente entró en silencio, nadie apartaba sus ojos de aquellas personas vestidas tan singularmente en esta parte del mundo.

Acto seguido aparecieron las murmuraciones, suposiciones de terrorismo, que son gente muy adinerada, dueños de tal banco, iraníes recién llegados por los convenios del gobierno, extremistas musulmanes y otras teorías conspirativas más. Ellos, estoy seguro, sabían que eran la razón del cuchicheo, pero con una quietud oriental y en lengua incomprensible ubicaron sus asientos y se sentaron.

Deseé con todas mis fuerzas que el caballero, el que tenía apariencia de apellidarse Bin Laden, se sentara a mi lado. En segundos se me ocurrieron decenas de preguntas, recordé historias, películas, mitos, rumores e incongruencias que el cuarto poder ha hecho circular por el mundo. Yo quería mi propia entrevista. En vista de la imposibilidad observé a mis connacionales que estaban inquietos por la presencia de los moros y debatían entredientes sobre el sometimiento femenino, los derechos y deberes del hombre y la represión de la sub-cultura machista.

Como individuos estamos tan aferrados a nuestras propias ópticas que consideramos “fuera de lo común” o “extraordinario” cuando algo se rebosa de nuestros parámetros. Somos incapaces de pensar que las mujeres se sienten verdaderamente libres usando la burka porque nuestro concepto occidental de libertad incluye el rostro descubierto, dice que la sujeción es un yugo y el silencio una prueba. Hemos estereotipado al hombre de acuerdo al limitadísimo y miope modelo hollywoodense y cualquier cosa fuera de eso es objeto de revisión y sospecha.

Ese día varios elementos me demostraron que mi mente está cargada de prejuicios y los estereotipos son el peaje de mis reflexiones, no fui ajeno a mis compañeros de viaje, la única diferencia es que yo no tenía con quién hablar y me tocó escuchar el ambiente y preguntarle a mis ojos qué era lo que veían como únicos testigos de mi memoria.

La relación con culturas distantes y distintas sigue impactando a las personas, un ortodoxo del medio oriente, un monje del Tibet, un nativo africano, un gitano rumano o un goajiro nos hace voltear como si fueran vecinos de El Principito o oriundos del alguna galaxia no descubierta. No recordamos que así nos ven a los latinoamericanos, que occidente no es el centro del mundo y que la TV si acaso es como la caverna de Platón, solo se ven sombras.

Cuando me bajé en mi destino me di cuenta que yo también he llevado una burka, aunque es invisible, también vela.

 

Germán Alberto Abreu.-

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