Chau Pilato

Durante el transcurso de la semana pasada una chica joven de 20 años me expresó:
“No quiero seguir estando mal. Ya no quiero echarle la culpa a los demás. Basta de excusas”.
Se produjo un clic dentro suyo. Le pedí permiso para hacer referencia a su comentario en esta nota. Desde hace ya un tiempo no venía bien y culpaba a los demás de su malestar: “Éste me defraudó”. “Aquel no me defendió”. “Esa otra no me creyó y me traicionó”, etc. Todos los males eran responsabilidad ajena y todo era una buena razón para justificar sus errores y su decaimiento anímico/espiritual.
Aquellos señalados como los responsables de su dolor, en su gran mayoría, no eran ni más ni menos que aquellos que estaban haciendo sus mejores esfuerzos para ayudarla a salir adelante. Cada argumento que había construido esta chica reforzaba su posición de víctima. Es lógico. Si repites y repites determinadas excusas llega un momento en que tú mismo las crees y te comportas en base a ellas.

Comprendió que el enojo en definitiva era con ella misma por los errores que había cometido.
Comprendió que ese enojo era tan grande que “necesitó” construir una cantidad de argumentos donde la transferencia de responsabilidades a otros era su intento para aliviar la culpa.
Comprendió que, en principio, puede ser muy cómodo vivir hablando mal de los demás. Pero que, a la larga, esa “comodidad” le conducía a una vida amargada y bastante “incómoda”.
Comprendió que no hay chance de recuperación cuando la responsabilidad la ponemos afuera.
Comprendió que con esa actitud nunca sería suficiente lo que otros hicieran. Cuando uno se decide victimizar ése ya se convierte en un rasgo de personalidad y no hay comportamiento ajeno que pueda modificar esa postura.
Comprendió que entre ella y Dios estaba la clave para empezar de nuevo.

Amigo, prestemos atención a cuánto hablamos de los demás, de sus errores, de lo que nos hicieron, de lo que no nos hicieron. Si hay demasiados comentarios sobre los demás, es hora de reconocer que estamos haciendo “la gran Pilato” y nos estamos lavando las manos. Si realmente deseamos estar bien, Dios nos propone en este día dejar de mirar a los costados, ponerse con nosotros manos a la obra y empezar la verdadera reconstrucción. ¿Ok? Entonces, ¡no perdamos más tiempo, basta de excusas y a trabajar!

Por Gustavo Bedrossian

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