Pasión Vs. Convicción

Alberto Pena dijo en una entrevista que leí recientemente, “Ahora hablo con menos pasión pero más convicción. Los años… supongo”

Esa frase me hace pensar en la evolución del pensamiento, de mi pensamiento a través de los años.

Creo que a medida que vamos adquiriendo conocimiento y experiencias nuestros métodos de almacenaje mental y de desecho de datos va cambiando, ¿madurando? De los 15 a los venti-tantos años hablamos de las cosas que estudiamos, de las experiencias de otros, de los que nos cuentan y desde la reacción de nuestro corazón y emociones. La distancia entre los sentimientos y el cerebro es larga, a veces ni se conectan. Podemos usar un podio sin inhibiciones, nos resbala la reacción del auditorio y las opiniones ajenas son un mal innecesario.

En la década de los veinte nada nos hace agachar la cabeza, creémos que el resto de nuestras vidas depende de esos días y la energía corporal es un recurso renovable para siempre. La buena salud se da por descontada y creemos que la mayoría de los amigos son incondicionales.

¿Cambian las cosas en los treinta? Todo depende si aprendimos algo en los veinte. Qué tan benévolas fueron las circunstancias y cuántas cicatrices quedaron del arrojo y la locura. A los treinta se habla con pasión, la suma de los años nos dice que todavía tenemos vida por delante, que hay chance, que aunque estamos cerca del descanso de medio tiempo ahora es que queda partido por jugar.

En los treinta ya se han tomado decisiones de vida importantes, ya conocemos la palabra “consecuencia” en todo su esplendor, y podemos recordar el sabor de los tragos amargos en nuestro paladar. Quizá ya hemos dicho varias veces “esto no me vuelve a suceder”.

Pasión Vs. Convicción

Creo que las cargas se van equilibrando por estos años. Aunque el corazón está lleno de un impetú que va directo a la boca cifrado en palabras, se consigue con varias alcabalas en el camino que se han ido construyendo con los años. Pensar antes de hablar va dejando de ser un dogma para convertirse en un principio de supervivencia. El asunto a los treinta es que nuestras nuestras emociones siguen montadas en un muscle car con motor V8 y carburador de cuatro bocas…y las emociones tienen el pie pesado.

El arrepentimiento se vuelve un compañero inseparable y pedir perdón en una práctica sabia. Pasar a alta velocidad por las alcabalas acarrea multas que se pagan con los dientes apretados y ya es tarde cuando recordamos por qué están allí.

La pasión y la convicción son necesarias, la primera se mide en kilovatios de energía y la segunda en metros de profundidad.

Pienso que después de los treinta, cuando los cuarenta están detrás de un portón con pintura de aceite y que suena un poco al rodar, podemos dejar la pasión en casa y pedirle que se calle porque no nos deja pensar. Vaya, pensar antes de actuar, ¿Quién lo diría?

En este decenio la rutina es un grillo en los tobillos, la prudencia susurra al oído y los paradigmas se alzan como pared de hormigón.

No es que seamos mejores o peores, sencillamente hemos cambiado unas cosas por otras, los años enseñan la magia de la sustitución, la práctica irremediable del ensayo y error y que seguir adelante no es una opción, es una obligación.

A mis treinta he aprendido que la respuesta a algunas preguntas es otra pregunta y que el éxito se parece más a un método que a un destino.

La pasión sigue quemando mi corazón como una chimenea en invierno, pero mis convicciones están allí para recordarme que ese calor tiene una medida justa y saludable.

Germán Alberto Abreu

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