La dictadura del tiempo

Vaya dictadura. Leo en todas partes no dejes de hacer aquello que amas pero siento la presión que me aprieta desde la nuca y me dice: Mira el reloj, yo te mando.

Hay que ir más rápido que su voz, aumentar la velocidad del paso y no mirar atrás. El que voltea pierde.

Las nubes pasan, el sol se esconde, sale, se esconde, sale, se esconde. Veo la noche como el día, los agujas andan y andan y no terminan de llegar a ninguna parte, ¿yo sí?Hay días que me parece que todo repica, el timbre, el reloj, el teléfono, la alarma, el carrito de helados, el mensaje de voz, el mensaje de texto, el correo electrónico. ¿De qué va todo esto? ¿De dejarme sin tiempo?

Desconéctome por completo. Algún día tengo que terminar lo que vuela por mi cabeza, nadie lo espera, nadie me lo está pidiendo pero tengo que entregarlo.

Pongo una fecha de entrega para que la frustración me acompañe cada vez que la incumplo. Es inalterable. La frustración también repica. Es aguda, sentida y con mirada penetrante.

Alguien leerá algún día las líneas que surcan mi cabeza, para alguien servirán en el día lúgubre que nadie espera, en la mañana aquella en que el sol volverá a salir pero será diferente para muchos. Yo espero pero hago.

Sólo el tiempo me lleva como en una correa transportadora, me bajo y me subo, creo que domino la técnica. Ya se verá.

¿De que va todo esto? ¿De que al final de mis días cuente todo lo que me faltó por hacer o lo que hice? Procuro sacar de mi memoria los cumplidos y dejar titilando los pendientes, porque al final de mis días valdrá más lo que otros recuerden que lo que yo.

Ya viene la hora de volver a salir, de dejar este teclado con sus sonidos secos y secuenciados. De que se apague la pantalla frente a mí y sienta la brisa análoga en el camino a casa que me dirá que hay un tiempo que corre allá también, y que también se termina.

La dictadura del tiempo, que dice que los años se cumplen aunque yo sea el incumplido, que todo tiene su momento, allá yo si lo reconozco o no, si lo dejo pasar o si le brinco encima. ¿Alguien llama? ¿Qué espera? ¿Otra cita?

¿Será que el tiempo tiene malhechores cómplices de sus delitos impunes? ¿No se sentirán ellos gobernados por el mismo tic-tac?

Allá viene el próximo buenos días, el próximo a la orden, en qué puedo servirte, allá viene el claro que sí, sólo deme unos minutos. Y qué se le va a hacer si en eso consiste el que somos todos ciudadanos del mismo feudo.

Cierro los ojos, me hago el sordo y me importan cinco centavos las consecuencias, por instantes yo le diré al tiempo qué hacer y que soy yo el que manda, aunque la citación me llegue a la puerta de la conciencia.

Germán Alberto Abreu.-

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