Asalto en el tren (Parte II)

La mañana es cálida y  los arboles se levantan imponentes retando al sol para ver quién llega más alto. Sólo se escucha el trinar de las aves y un ronquido que viene a los lejos. Toda la naturaleza parece inmutable ante algo que suena gigantesco, poderoso, estremecedor e irreverente.

Mientras más se acerca, el sonido es más ronco, más fuerte y con otros matices. Suena a viento, a silbido, a chasquido, a hierro con hierro. La tierra parece moverse y la gente que está alrededor se aglomera en un andén que no puede con todos ellos. Una máquina de grandes proporciones se acerca como quien no quiere molestar, va tan despacio e imponente que todo el escándalo anterior se olvida y ya. Paró.Bajan cientos, suben cientos. Gente corre, llora, se despide, se saludan y abrazan, abren y cierran ventanillas, gritan, se dicen cosas al oído. Hay quienes se ven solos, otros acompañados, hay grupos de varios, hay esperanzas, soledades y olvidos.

Nadie se ha terminado de adaptar a su nueva realidad y ya todo vuelve a cambiar. Después que alguien termina de vociferar, aquella potente máquina se pone en movimiento con el mismo sigilo con que llegó. Vagón tras vagón pasa por un lado de aquél andén que en pocos segundos queda tan desolado como un campo minado. El único testigo es una estela de humo que le persigue desde el cielo.

Germán Alberto Abreu.-

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